Que suena la alarma de la nevera. Y la paras. Una y otra vez. En vez de desmontarla y comprobar qué pieza falta. Que no puedes vivir tu vida entorno a refranes. A filosofía fácil. A frases celebres. Tan planas que no pueden transmitir nada. Tan abiertas que no albergan misterio. Que pienses tú. Que mezcles letras. Que inventes palabras. Que pintes de colores. Que arregles la nevera. Que bajas a por el edredón en invierno. Y al llegar el verano piensas que no volverás a necesitarlo más. Como si ya siempre fuese a hacer calor. Pero que el invierno vuelve, idiota. Que vuelves al trastero. Que si necesitas algo no vas a dejar de necesitarlo por arte de magia. Que la magia está en la vida. Que en las cosas sólo saben hacerlo los magos. Y no son más que trucos.
Que no nos vale el gris. Que no. Que se lo regalamos a los mediocres. Que el gris resulta de mezclar el blanco con el negro. Que no. Que no nos da la gana. Que sí o no. Que blanco o negro. Que ahora o nunca. Que no nos vale un “en otras circunstancias”. Que no queremos un “nunca digas nunca”.
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